...Tartagal?



El lunes 9 de febrero, Tartagal fue la noticia. A las 9.15, un alud arrasó más de 30 cuadras de la ciudad. ¿El resultado? Dos muertos y más de 12 mil personas inmersas en el barro, la miseria y la indignación. Los móviles de radio y televisión transmitieron en vivo y en directo desde el horror. A los cronistas no les alcanzaron las palabras para describir lo que se estaba viviendo en esa zona de Salta. Las donaciones desde varios puntos del país no se hicieron esperar. Ropa, alimentos y medicamentos eran las prioridades. Después, el tema fue achicándose en la tapa de los diarios y la televisión le dio cada vez menos segundos de aire.

La situación empeoró. Los vecinos no recibieron nunca la ayuda del Estado. El intendente de Tartagal aseguró que la gente “todavía está en estado de shock”. Las más de 240 casas destruidas por el alud, siguen igual. Las otras 300 que quedaron dañadas, también. Los trastornos psicológicos no se pueden medir. Las personas no pueden dormir por las noches y de día tienen miedo que otro alud les saque lo poco que recuperaron hasta ahora. Hace poco llegaron a la ciudad 10 toneladas de útiles escolares. Pero nadie los puede usar. Después de la tragedia, el 90 por ciento de los chicos dejaron la escuela. La tasa de desocupación que antes llegaba al 50 por ciento, ahora aumentó mucho más. La miseria y las enfermedades se multiplicaron. Hoy Tartagal ya no es noticia.

Dengue. Esa es la palabra de las últimas semanas. Pero, ¿alguien se preguntó por qué apareció esta epidemia? Por ahora, parece que no. Después de la tragedia de Tartagal, la zona fue declarada de emergencia sanitaria. ¿Qué enfermedad era la más temida? El dengue. A un mes del alud, los medios informaban que una persona había muerto y más de 800 eran “sospechosas de tener la enfermedad”. Por supuesto, nadie hizo nada. La epidemia aumentó y ahora llegó a otros puntos del país. ¿La zona más afectada? Por supuesto, Tartagal.

Al noroeste de la provincia de Salta, ubicada 365 kilómetros de la capital, a 55 del límite con Bolivia y a 1736 de Buenos Aires, Tartagal es una de las zonas más ricas del país. Posee la segunda cuenca gasífera más importante de Argentina y tiene siete etnias aborígenes. A partir de 1992, más del 90 por ciento de los trabajadores de YPF fueron despedidos. Las privatizaciones se estaban extendiendo por todo el país. Después llegó el desmonte. Todos los años, 300 mil hectáreas de bosque desaparecen del mapa. Si hacemos un cálculo, las excavadoras arrancan una manzana de monte cada dos minutos. Cuando los árboles se convierten en troncos y el suelo queda sin nada, llega el negocio de unos pocos: La soja. Ahí si llega lo peor. Primero, la fumigación con glifosato para que el “yuyito” crezca fuerte, sin que ninguna otra planta le robe nutrientes. Después, de varias cosechas, la soja se llevó todo lo que la tierra tenía. En ese lugar, no va a crecer nada por muchos años. Ese suelo desértico ya no tiene plantas que absorban el agua de lluvias. Y es en ese preciso momento, cuando aparecen las inundaciones que terminan en aludes. Como el de Tartagal. Que hoy ya no es noticia.



Matías Ayrala